Mierda!!!.
Se está terminando el año y poco me acuerdo del día de ayer. Eso realmente no importa y hoy, como hace mucho que no subo nada de mi "gran" proyecto dejo la sexta parte (le interesará a alguien realmente??).
Ya No Puedo
La escena no era la que esperaba Ibarra. Todo lo contrario. El auto, o lo que quedaba de él, yacía "abrazado" a una columna de alumbrado público y los bomberos forcejeaban los hierros como si algo allí dentro podía tener vida. Él deseaba que tenga vida, que respirara o que el corazón de la persona que estaba allí todavía diera algunos golpes.
Por la posición que se encontraba el auto tendría que haber otro muy cerca en las mismas condiciones o peor. El comisario no vio otro auto, pero si al camión que embistió al Galaxy que los bomberos estaban desarmando. Paradójicamente el vehículo, que pesaba alrededor de dos toneladas, presentaba algunos rasguños en su parte delantera y había perdido su paragolpes.
- Se me cruzó, no lo ví, por favor créanme…!!!. El semáforo estaba en verde y crucé.. no lo ví.
Casi llorando, el camionero intentaba explicarle a un oficial lo que ocurrió exactamente a las 00.45 hs del lunes 3 de febrero de 1998. Mientras, el comisario no podía dejar de mirar como trabajaban los bomberos, que después de veinte minutos de lucha, consiguieron retirar el cuerpo inerte y cubierto de sangre de un joven por el momento NN. Y, a pesar de las heridas, lo que más llamó la atención del policía no fue el cuadro de la situación, sino la pequeña lágrima que trazaba el rostro del chico ( ¿muerto?).
Los movimientos de los ojos del chico le hicieron saber que no estaba muerto. Por un segundo se cruzaron las miradas e Ibarra, con voz temblorosa preguntó:
- ¿ Cómo te llamás?
- Facun...Facundo.
De una manera burocrática, por sus lentos movimientos, los enfermeros subieron a la camilla al muchacho. La ambulancia se acomodaba para recibir otra emergencia. Con algo de destreza y mucho cuidado, los enfermeros ingresaron la camilla al furgón y corrieron a la cabina, hasta que el comisario los interceptó.
- ¿ A dónde lo llevan ?.
- Al instituto de Haedo, los golpes y las fracturas son graves. Cortante, el camillero, contestó y se subió a la ambulancia.
Ibarra la vió partir y se quedó unos minutos congelando la imagen del muchacho. No lo conocía y sin embargo se juró que lo iría a visitar. Deseaba saber más del chico, no se conformaba con saber que se llamaba (se llama) Facundo.
Le esperaba una noche de insomnio, sumergida en café y tal vez un poco de alcohol, tratando de descifrar el accidente de esta noche.
Se puso en marcha hacia la seccional para completar o hacer que completen correctamente todos los papeles referidos al hecho. Meticulosamente revisaría cada detalle tomado por sus compañeros y la labor de los peritos, que odiaban despertarse a la madrugada para realizar mediciones, controlar frenadas y revolver fierros. Todo esto lo tendría ocupado muchas horas y después quedaba marcharse a casa para pasar la peor noche de su vida.
Mostrando las entradas con la etiqueta Ya no puedo. Mostrar todas las entradas
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martes, diciembre 26, 2006
jueves, noviembre 16, 2006
Ya no puedo V
Obviamente, tras descargar un poco de desequilibrio mental en el post anterior, sigo lo que viene de aquí.
La comisaría estaba ubicada entre la Iglesia Medalla Milagrosa y una casa de artículos para el hogar que, desde la inauguración del hipermercado francés, entró en decadencia. El comisario Ibarra estaba en su escritorio, pensativo y prestaba poca atención a lo que podía estar ocurriendo en su Villa Tesei natal.
El día había sido tranquilo y solo restaba pasar las últimas cinco horas que lo pondrían nuevamente en su casa. La oficina estaba cubierta del humo de sus cigarrillos negros y un par de botellas de gaseosa decoraban el escritorio en donde de vez en cuando apoyaba los pies. En su mente seguía flotando la idea del retiro para dedicarse a otra cosa. Pero a los cuarenta años era difícil encontrar otro trabajo, y más si uno era retirado de la temida y nunca bien vista Policía Bonaerense.
Casi ni escuchó la radio avisando del accidente. Pero se sobresaltó cuando entró, sin golpear la puerta, a la oficina el cabo Martínez.
- Disculpe Comisario, hubo un choque enfrente de Carrefour. Parece que hay heridos.
- Puta madre, estos pendejos todos los domingos se matan con las corridas. Espéreme que voy con ustedes.
- No es necesario jefe, tenemos bastante personal.
- Le dije que voy con ustedes!!!
Si…. Señor.
Estaba claro que el comisario Ibarra no se ocupaba personalmente de estas pequeñeces y que su grito dejó al cabo mal parado pensando que mierda le pasaba a este comisario arrepentido. Sin averiguar por qué Ibarra lo quería acompañar, Martínez salió del despacho transpirando ira.
Ni él mismo sabía por que quería ir a un típico accidente de tránsito, pero quería ir y eso era suficiente motivo para descargar su poder sobre sus subordinados. Se puso la chaqueta del uniforme, se acomodó el pelo para colocarse la gorra y antes de salir se detuvo unos segundos a mirar la foto que decoraba uno de los estantes de su oficina. En ella se encontraban, muy sonrientes, sus dos hijas y su esposa. Miriam y Marisa, de 18 y 16 años relucían de una felicidad que ningún accidente de mierda podía empañar. Su esposa, esa mujer que lo supo acompañar en sus 21 abriles de matrimonio, empezaba a mostrar las primeras arrugas en su rostro, pero seguía tan hermosa como siempre. Abrió la puerta y partió hacia el lugar donde algo le haría cambiar la forma de pensar.
La comisaría estaba ubicada entre la Iglesia Medalla Milagrosa y una casa de artículos para el hogar que, desde la inauguración del hipermercado francés, entró en decadencia. El comisario Ibarra estaba en su escritorio, pensativo y prestaba poca atención a lo que podía estar ocurriendo en su Villa Tesei natal.
El día había sido tranquilo y solo restaba pasar las últimas cinco horas que lo pondrían nuevamente en su casa. La oficina estaba cubierta del humo de sus cigarrillos negros y un par de botellas de gaseosa decoraban el escritorio en donde de vez en cuando apoyaba los pies. En su mente seguía flotando la idea del retiro para dedicarse a otra cosa. Pero a los cuarenta años era difícil encontrar otro trabajo, y más si uno era retirado de la temida y nunca bien vista Policía Bonaerense.
Casi ni escuchó la radio avisando del accidente. Pero se sobresaltó cuando entró, sin golpear la puerta, a la oficina el cabo Martínez.
- Disculpe Comisario, hubo un choque enfrente de Carrefour. Parece que hay heridos.
- Puta madre, estos pendejos todos los domingos se matan con las corridas. Espéreme que voy con ustedes.
- No es necesario jefe, tenemos bastante personal.
- Le dije que voy con ustedes!!!
Si…. Señor.
Estaba claro que el comisario Ibarra no se ocupaba personalmente de estas pequeñeces y que su grito dejó al cabo mal parado pensando que mierda le pasaba a este comisario arrepentido. Sin averiguar por qué Ibarra lo quería acompañar, Martínez salió del despacho transpirando ira.
Ni él mismo sabía por que quería ir a un típico accidente de tránsito, pero quería ir y eso era suficiente motivo para descargar su poder sobre sus subordinados. Se puso la chaqueta del uniforme, se acomodó el pelo para colocarse la gorra y antes de salir se detuvo unos segundos a mirar la foto que decoraba uno de los estantes de su oficina. En ella se encontraban, muy sonrientes, sus dos hijas y su esposa. Miriam y Marisa, de 18 y 16 años relucían de una felicidad que ningún accidente de mierda podía empañar. Su esposa, esa mujer que lo supo acompañar en sus 21 abriles de matrimonio, empezaba a mostrar las primeras arrugas en su rostro, pero seguía tan hermosa como siempre. Abrió la puerta y partió hacia el lugar donde algo le haría cambiar la forma de pensar.
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Ya no puedo
viernes, octubre 27, 2006
Ya no puedo IV
El Scania impactó exactamente en el centro del Galaxy sucio, al hacerlo el auto salió expulsado contra la pared del supermercado, justo en el portón cerrado del garage. Chocó con una fuerza impresionante creando un sonido que podía despertar al más pesados de los sueños.
En el interior del auto, facundo rebotaba contra el parabrisas que le abría un tajo en la frente, dejando brotar la sangre salpicando el volante retorcido de ahora destruido Ford.
Cuando todo quedó en silencio, intentó moverse pero le dolió cada uno de sus miembros. Sabía que estaba llorando y muy asustado. Vio el dolor, lo tenía enfrente, esperando a dar un nuevo golpe con la esperanza de liquidar este asunto de una vez.
En el interior del auto, facundo rebotaba contra el parabrisas que le abría un tajo en la frente, dejando brotar la sangre salpicando el volante retorcido de ahora destruido Ford.
Cuando todo quedó en silencio, intentó moverse pero le dolió cada uno de sus miembros. Sabía que estaba llorando y muy asustado. Vio el dolor, lo tenía enfrente, esperando a dar un nuevo golpe con la esperanza de liquidar este asunto de una vez.
miércoles, octubre 11, 2006
Ya no puedo III
Esto empieza acá, y a pedido de mi amigo pernika tendrá alguna continuidad.
Perpendicular a Vergara, la calle Madame Curie tenía las señales del tránsito que generó la llegada del hipermercado a Villa Tesei. Muchos pozos y mejorados hacían circular a baja velocidad. Mientras escuchaba tangos y se tomaba un mate, Juan Pablo Romero, manejaba el camión de la empresa láctea donde trabajaba. Desde el Carrefour iniciaba un viaje de cuatro días, rumbo a Formosa. El Scania venía lento, a unos 40 kilómetros por hora, en punto muerto. El semáforo de Vergara estaba en rojo, iba a tener que usar los frenos. Miró por el espejo retrovisor para ver si venía alguien atrás. Nada. Cuando estaba a punto de tocar los frenos, la luz roja desapareció y, previo paso por la amarilla, el verde le ordenó que siga adelante. Dudó un instante, pero enseguida puso segunda y apretó el acelerador. A esta hora no pasa nadie, pensó. Pero se equivocó.
Perpendicular a Vergara, la calle Madame Curie tenía las señales del tránsito que generó la llegada del hipermercado a Villa Tesei. Muchos pozos y mejorados hacían circular a baja velocidad. Mientras escuchaba tangos y se tomaba un mate, Juan Pablo Romero, manejaba el camión de la empresa láctea donde trabajaba. Desde el Carrefour iniciaba un viaje de cuatro días, rumbo a Formosa. El Scania venía lento, a unos 40 kilómetros por hora, en punto muerto. El semáforo de Vergara estaba en rojo, iba a tener que usar los frenos. Miró por el espejo retrovisor para ver si venía alguien atrás. Nada. Cuando estaba a punto de tocar los frenos, la luz roja desapareció y, previo paso por la amarilla, el verde le ordenó que siga adelante. Dudó un instante, pero enseguida puso segunda y apretó el acelerador. A esta hora no pasa nadie, pensó. Pero se equivocó.
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Ya no puedo
lunes, septiembre 04, 2006
Ya no puedo II
Continúa de.
Tenía que levantarme temprano. Primero al laburo, tan rutinario como la pareja que venía sosteniendo desde hace 3 años. Después a la facu, donde había encontrado la vía de escape a tanta mierda que me rodeaba en el gran Buenos Aires.
Sin darme cuenta avanzaba por la Avenida Vergara, línea recta a la autopista que me depositaría en la casa de mis viejos.
Cambié la estación de radio y miré por el espejo asegurándome que podía cambiar de carril y pisar el acelerador.
El semáforo del Carrefour, que estaba en verde, pasó a rojo sin atinar a encender el amarillo.
0.15 marcaba el reloj digital del ford Galaxy que un año atrás salía de la concesionaria con el olor de los cero kilómetros.
No lo dudé, no iba a frenar a esa hora.
No escuché la bocina. Escuché la frenada.
Después, dolor.
Tenía que levantarme temprano. Primero al laburo, tan rutinario como la pareja que venía sosteniendo desde hace 3 años. Después a la facu, donde había encontrado la vía de escape a tanta mierda que me rodeaba en el gran Buenos Aires.
Sin darme cuenta avanzaba por la Avenida Vergara, línea recta a la autopista que me depositaría en la casa de mis viejos.
Cambié la estación de radio y miré por el espejo asegurándome que podía cambiar de carril y pisar el acelerador.
El semáforo del Carrefour, que estaba en verde, pasó a rojo sin atinar a encender el amarillo.
0.15 marcaba el reloj digital del ford Galaxy que un año atrás salía de la concesionaria con el olor de los cero kilómetros.
No lo dudé, no iba a frenar a esa hora.
No escuché la bocina. Escuché la frenada.
Después, dolor.
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lunes, septiembre 05, 2005
Ya no puedo
"El sentido final de la vida está en descubrir los fantasmas de cada uno" (Patti Smith)
¿Sábes lo que significa que la muerte conozca tu nombre? (Armand, Entrevista con el vampiro)
"Pensé que estaba rodeado por las señales inequívocas de la muerte" (Louis, Entrevista con el vampiro)
“Me va alumbrando la luz de los que ya no respiran” Indio Solari
Ya era tarde. En el auto estábamos ella y yo.
Como siempre, casi siempre, la llevaba a la casa después de haber pasado el fin de semana juntos.
Ahora me tocaba hacerle de remis y dejarla en la casa, como siempre.
Realmente ya estaba cansado de todo esto. Me había sorprendido la monotonía de un noviazgo sin rumbo.
Ella iba para un lado. Yo, exactamente para el otro.
Cuando me despedía, intenté hablarle.
- Paula...
Nada, no me salía. Cómo le decía que ya no la sentía.
- Qué pasa?. Me preguntó como si no supiera lo que quería decirle. Estaba claro, se hacía la distraía para no enfrentar la realidad.
- Nada, nada. Te acordás que mañana me junto con los chicos a estudiar?.
- Si, no te preocupes. Yo voy a lo de mi hermana a cuidarle a los chicos.
- Bueno, te llamo. Le dije como de compromiso y deseando tener un ataque de amnesia para olvidarme su teléfono y su cara.
Beso de despedida.
Llaves en la puerta.
Mano saludando.
Puerta cerrada.
Por fín, pense y me acomodé en el asiento y puse primera.
Era horrible sentir la necesidad de escaparme a algún lado y no volver a la rutina de siempre.
Mientras manejaba me fijaba mentalmente la agenda de mañana.
La avenida estaba desierta y llegar a casa me tomaría unos 10 minutos.
¿Sábes lo que significa que la muerte conozca tu nombre? (Armand, Entrevista con el vampiro)
"Pensé que estaba rodeado por las señales inequívocas de la muerte" (Louis, Entrevista con el vampiro)
“Me va alumbrando la luz de los que ya no respiran” Indio Solari
Ya era tarde. En el auto estábamos ella y yo.
Como siempre, casi siempre, la llevaba a la casa después de haber pasado el fin de semana juntos.
Ahora me tocaba hacerle de remis y dejarla en la casa, como siempre.
Realmente ya estaba cansado de todo esto. Me había sorprendido la monotonía de un noviazgo sin rumbo.
Ella iba para un lado. Yo, exactamente para el otro.
Cuando me despedía, intenté hablarle.
- Paula...
Nada, no me salía. Cómo le decía que ya no la sentía.
- Qué pasa?. Me preguntó como si no supiera lo que quería decirle. Estaba claro, se hacía la distraía para no enfrentar la realidad.
- Nada, nada. Te acordás que mañana me junto con los chicos a estudiar?.
- Si, no te preocupes. Yo voy a lo de mi hermana a cuidarle a los chicos.
- Bueno, te llamo. Le dije como de compromiso y deseando tener un ataque de amnesia para olvidarme su teléfono y su cara.
Beso de despedida.
Llaves en la puerta.
Mano saludando.
Puerta cerrada.
Por fín, pense y me acomodé en el asiento y puse primera.
Era horrible sentir la necesidad de escaparme a algún lado y no volver a la rutina de siempre.
Mientras manejaba me fijaba mentalmente la agenda de mañana.
La avenida estaba desierta y llegar a casa me tomaría unos 10 minutos.
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